La nena surge de la nada con su felicidad,
sufre el fatal impacto
y esconde a sus mayores sus penas.
Ella se toca los labios, la nariz, y sobrevuela
semiinconsciente sus campos feraces
agarrada a un hilo evanescente y frágil.
Entre tanto yo me revuelvo violento
destapando melodías pretéritas
y casi ni siquiera recuerdo
cómo absorbí su pequeñez.
Instante tan inocuo como trágico
el que me llevó a desatar todos los miedos
y enumerar todos mis alvéolos.
La nena duerme ahora para llevarle besos,
nada más que besos y recordarle donde estuvo,
permitiendo tantos abrazos, tantos esfuerzos.
Entiendo que no hay perdón
para restaurar su corazón minúsculo y abierto.
Al tiempo pienso que son estos ataques
los que me lanzan al viento y, sin embargo,
es la nena el producto atropellado
de mi formidable debilidad.
Siento mis pupilas caer
para suplicar que se levante, y me quiera.
Sólo puedo pedir perdón
porque una vez yo pasé sobre ti,
mi nena.