He dedicado la mitad de mi vida a servir a los demás. La otra mitad la he dedicado a destruirme. Si soy franco, queda una pequeña fracción entre mitad y mitad que he dedicado y, a Dios gracias aun dedico, a amar. Y ahora, pasada ya la madurez y atisbando la llegada de la senectud, los días son cortos, las noches largas y las fauces de la parca van adquiriendo, inevitablemente, dimensiones considerables. También es cierto que procrastiné mucho tiempo entre servicio y autodestrucción. Reconozco que gustaba de regocijarme entre la monotonía cotidiana y de considerar que siempre habría tiempo para hacer realidad lo que debería de haberlo sido hacía ya mucho, mucho tiempo. En mis tiempos de servicio a los demás, ya algo lejanos, un día claro de primavera noté una turbación intermitente que, como una ola que va y viene, me atravesó los alrededores del corazón y me llegó incluso, diría yo ahora que lo pienso, al alma. Una especie de colapso. Nunca había sentido nada igual. Fue cuestión de segundos, que bastaron para darme cuenta de que había que tomar alguna decisión. Y así fue: tal suceso condujo al ocaso del servicio y también, paradójicamente, trajo, como sin quererlo, el atardecer de la autodestrucción.
