Granada

Granada está mirándome desde su vestigio viviente.
Desde sus torres moras alarga sus manos y me abraza
hasta el punto del dolor.
Granada se sumerge en la noche
y extiende ese halo incorrupto
que produce un incontenible temblar por entre mis piernas.
Granada se me escapa una vez más en un Genil de lágrimas.

Triste paseo, preámbulo de Albaicín dorado, me devora las vísceras
y es San Nicolás quien me observa a mí
desde otra mágica altura.
Talle estrecho y profundo de empinadas callejuelas,
Chapiz de mis ojos.
Rías altas sois al lado de vuestro vigía Sacromonte.
Jardines plateados por la eterna Vela que irrumpe siempre
en gritos de mística antigüedad, de barrocas medias lunas.
Acantilado de Alhambra hueca en la noche medieval.
Tarantos de gitanos poseídos de ciega y sana alegría.

Granada se desnuda y yo la miro sin pupilas,
sólo aurícula de poesía que se desguaza
a la luz de tus farolas amarillas.
Granada me susurra al oído odas de polvo y llanto.
Con su bisturí secciona mi alma en tumbos de placer.
Granada se revuelve hermosa
y baila por los alrededores del deseo.

Angustias bendita, Trinidad olorosa, Gracia nocturna.
Al paso de la Alcaicería serpenteaban mis rodillas.
Vega que se agazapa bajo Lorca vivo,
tierno embellecer de tus recovecos.
Mulhacén y Veleta, explosión y latido,
Nevada sierra de parque etéreo.
Bomba y Salón, paseos de sueños,
de algodones sobre Darro seco.
Guapa, guapa tu mujer engalanada de Corpus viviente.
Azul cielo que nos convocas con tu guitarra de pena y tu canto.

Granada me persigue por sus calles rojas,
por sus esquinas moradas espía mis actos
envolviéndome de fragantes turbulencias.
Granada se escurre pidiéndome vehemente
la permanencia de mi corazón infantil,
comprimido por un pasado de torrencial melancolía.
Granada, si te dijera adiós, que sea tu tierra quien cubra mis manos.