Ahora es el momento de recordar que nunca hubo nada mejor. Ahora los veranos eran distintos y él cumplía ineludiblemente con su ritual. Detenido el viejo coche en mitad del arenoso camino que, mirando hacia levante, se prolongaba hasta el infinito rodeado a ambos lados de nuevas vides esbeltísimas y ubérrimas, respiraba hondo, miraba largo rato a través del parabrisas y esperaba el primer rayo de sol, el primer segmento circular de la gran bola de fuego, antes de abrir la puerta y echar pie a tierra cuando, de pie, volvía a mirar al sol sin cegarse y luego se volvía de espaldas para atisbar los arrabales del pueblo que había dejado atrás. A continuación, abría el maletero y extraía la hamaca que compró hacía ya cuatro o cinco lustros en algún perdido lugar de la costa. La abría y la colocaba delante del coche, se sentaba y, sintiéndose navegar en la popa de un misterioso navío terrenal, echaba mano del paquete de tabaco, se encendía un pitillo, exhalaba el humo de la primera calada, cerraba los ojos y dejaba, al menos durante una hora, que la memoria jugase con él siempre tan caprichosa e imprevisible.
